El Juego de Los Nombres – CREEPYPASTA

Hay juegos que los niños inventan… y otros que nadie debería recordar. Un maestro descubre un juego que los niños repiten con devoción, un juego donde pronunciar tu nombre puede condenarte. Mientras intenta entender sus reglas, algo comienza a escuchar. Y el precio del conocimiento será su propia voz.

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Publicado por: CreepyAnónimo

 

No digas tu nombre porque hay algo que escucha y responde.

Dicen que los niños inventan juegos para matar el tiempo… pero algunos juegos no fueron creados por ellos.

Surgieron para sobrevivir. En una escuela cualquiera, entre risas y gritos de recreo, un maestro descubrió un círculo de niños… cantando nombres que no debían pronunciar.

Y aquel día, algo despertó.

Algo que escucha… cuando lo llamas.

“Cuando dices tu nombre… el juego despierta.”

Quédate conmigo… porque después de escuchar esta historia,  tal vez empieces a pensar dos veces antes de decir tu nombre en voz alta.

 

Me llamo señor Hellbrook, y he sido maestro por más de quince años. El tiempo suficiente para saber que los niños son niños, sin importar dónde estés. Ruidosos, inquietos, llenos de una creatividad que los adultos olvidan con el tiempo. Pero el otoño pasado me mudé al norte, a un distrito más pequeño. Allí me encontré a cargo de una clase con niños distintos a todos los que había enseñado antes.

No eran malos, en absoluto; solo diferentes… tal vez desconfiados. Podían gritar hasta quedarse sin aliento jugando al balón prisionero, y al minuto siguiente, sumirse en un silencio inquietante. Fue durante uno de esos silencios cuando noté su juego.

Al principio pensé que era solo una variación de las típicas persecuciones o de algún canto infantil regional. Formaban un círculo irregular, caminando lentamente alrededor de un niño elegido, y comenzaban a cantar. No era una rima que reconociera, solo una cadencia de nombres. Mientras tanto, el que estaba en el centro provocaba, burlaba, intentaba engañar a los demás para que dijeran su propio nombre. Quien lo hacía, se convertía en “eso”. Hasta ahí podía seguirles el hilo.

Las reglas no eran lo extraño. Lo que me inquietó fue la seriedad con la que lo tomaban. El juego siempre empezaba igual: las voces se apagaban, los pasos se volvían medidos… y una especie de respeto nervioso se apoderaba de todos.

El patio podía estar lleno de ruido, un estruendo de risas y gritos.
Y aun así, cuando aquel círculo se formaba, el bullicio se apagaba, como si una frontera invisible descendiera a su alrededor. Quien era elegido como “eso” nunca parecía estar jugando. No reía, no ponía los ojos en blanco, ni corría tras sus amigos. Se encorvaba, con los hombros caídos y la mirada baja. Más de una vez vi lágrimas.

Me dije a mí mismo que era parte del juego, una forma de hacer que el papel resultara menos deseable. Los niños inventan esas cosas: reglas para los perdedores, castigos, cualquier cosa que añada emoción.
Aun así, algo en ello me dejaba un sabor amargo.

A veces intentaban hacerlo conmigo.
— Vamos, ¿cuál es su nombre de pila, señor Hellbrook? — canturreaban, sonriendo como si creyeran poder engañarme — . Solo su primer nombre, una vez nada más.

Pero yo ya tenía experiencia suficiente para mantener esa línea bien firme. Los maestros que daban demasiada confianza demasiado pronto siempre terminaban lamentándolo. Así que sonreía, negaba con la cabeza y repetía la regla que había mantenido durante toda mi carrera:
— Para ustedes, soy el señor Hellbrook. Nada más.

Los intentos nunca llegaban a nada. Ellos se encogían de hombros, se reían y volvían a su círculo, susurrando entre ellos. Tal vez habría ignorado todo el asunto si no fuera por lo que ocurrió aquel martes. Ya había sido una semana difícil: cielos grises, niños inquietos y demasiada energía contenida.

Durante el recreo, los vi formar el círculo una vez más. Esta vez, el niño en el centro era Noah, un chico al que conocía bien. Había estado pasando por momentos complicados en casa: ausencias frecuentes, un padre que iba y venía, una madre que trabajaba en dos empleos para mantener la luz encendida.

Había pasado tiempo extra con él en clase, animándolo a leer en voz alta, celebrando cada pequeño avance. Y ahora estaba allí, en el centro, mientras los otros niños lo rodeaban, con las voces bajas y persistentes. Noah tenía la cabeza gacha y las manos cerradas en puños. No parecía simplemente molesto; lo veía en su rostro, en la palidez tensa de su boca, en el leve temblor de sus hombros. Parecía vacío, como si alguien le hubiera arrancado todo por dentro y solo le quedara el miedo.

Sentí un nudo en el estómago. Había visto a muchos niños enfadarse por perder un juego, pero aquello no era enojo. Era desesperación. Y cuando di un paso más hacia ellos, juraría que vi sus labios moverse, murmurando algo muy quedo. No a los otros, ni a sí mismo.
A algo más. Era demasiado.

Cuando sonó la campana, alcancé a Noah antes de que pudiera perderse entre la marea de estudiantes. Arrastraba los pies, con los hombros hundidos, evitando mirarme.

 — Camina conmigo — le dije, guiándolo hacia el banco junto a la cerca.

Se sentó a regañadientes, aferrando las correas de su mochila como si fueran un escudo.

 — Parecías molesto allá afuera — comencé con suavidad — . El juego… no parecía divertirte.

Noah se encorvó aún más, con la vista fija en la grava.

 — Es solo un juego — murmuró.

 — No tiene por qué serlo — respondí — . Si los otros chicos te están molestando, puedo intervenir. Nadie debería hacerte sentir así.

Eso provocó una mínima reacción. Sus ojos se alzaron un instante, para volver enseguida a bajar.

 — Usted no entiende — susurró.

 — Entonces ayúdame a hacerlo. No puedo arreglar lo que no sé.

El silencio se extendió entre nosotros. Esperé. Los años en el aula me habían enseñado paciencia… pero también a reconocer la mirada de un niño que oculta algo importante.

Finalmente, negó con la cabeza.

 — No es que me molesten. Son las reglas.

 — ¿Qué reglas? — pregunté.

Apretó los labios con fuerza. Cuando me incliné un poco hacia él, habló apenas en un murmullo casi inaudible:

 — No podemos decirlo. Si lo contamos… entras en el juego. — Fruncí el ceño.

 — Puedes decírmelo. No dejaré que los demás se enteren.

No respondió. Se encogió más, hundiéndose en sí mismo.

Su rostro parecía más viejo de lo que debería verse el de un niño de diez años: cansado, tenso, como si hubiera visto demasiado. Intenté abordar el tema desde otro ángulo.

 — Noah, eres un chico inteligente. Sabes que los juegos se supone que son divertidos, pero cuando juegas a este, pareces cargar el peso del mundo sobre los hombros. Eso no es diversión, eso es… — me detuve antes de decir algo inapropiado — . Eso es demasiado, y no me gusta verte triste.

Volvió a negar con la cabeza.

 — Usted no puede ayudar.

Hubo algo en su tono que me golpeó más de lo que esperaba. Una resignación que ningún niño debería tener.

El resto de la mañana no pude quitármelo de la mente. Mientras enseñaba fracciones, mis ojos se desviaban una y otra vez hacia él, viendo cómo movía el lápiz sin ganas sobre la hoja, con la mirada perdida en algo que no lograba descifrar.

A la hora del almuerzo lo intenté de nuevo, esta vez con toda la clase. Me apoyé en el borde del escritorio mientras abrían sus loncheras y conversaban animadamente.

 — Así que — dije con tono casual — , ese juego que les gusta tanto… el de los nombres. ¿De qué se trata exactamente?

El silencio se extendió por el aula como tinta disolviéndose en el agua. Las conversaciones se cortaron a mitad de frase. Incluso los niños más ruidosos bajaron la mirada hacia su comida.

 — Es solo un juego — murmuró uno.

 — Parece algo más serio que eso — respondí.

Nadie contestó. Recorrí las caras con la vista: todas tensas, todas evitando mis ojos. Entonces, una niña del fondo — valiente o descuidada — habló sin levantar la vista.

 — Si no lo pasas… se queda.

El ambiente se volvió rígido. Algunos niños le chistaron, pidiéndole que callara. Ella se metió una galleta en la boca y no dijo nada más.

Alcé las cejas, intentando restarle importancia.

 — ¿Pasar qué?

El silencio fue absoluto. Decidí no insistir, para no asustarlos más, pero las palabras se quedaron dando vueltas en mi cabeza toda la tarde.

Si no lo pasas, se queda.

Volví a mirar a Noah una y otra vez. Su rostro estaba pálido, demacrado; sus movimientos, lentos y pesados. No era la expresión de un niño al que molestan. Era la de alguien que carga con algo que no puede soltar.

Cuando sonó la última campana del día, ya había tomado una decisión.

Nunca antes me había unido a sus juegos, nunca había cruzado la línea entre el señor Hellbrook y los niños. Pero ver a Noah así, sabiendo que cargaba con algo que creía no poder compartir, empezó a carcomerme por dentro. Si unirme a su juego me daba una oportunidad de ayudarlos, valía la pena relajar un poco las reglas.

Así que, al día siguiente durante el recreo, cuando el círculo volvió a formarse y los cánticos comenzaron, me acerqué.

Los ojos de Noah se abrieron de par en par cuando me arrodillé a su lado.

 — ¿Qué te parece si esta vez juego yo? — dije en voz baja.

Los niños se quedaron inmóviles, a mitad de paso, con los rostros pálidos como la nieve. El círculo se detuvo por completo: veinte niños congelados, mirándome como si acabara de romper una ley no escrita.

 — Los maestros no juegan — susurró una de las niñas.

 — ¿Por qué no? — pregunté, manteniendo un tono suave, casi juguetón — . Parece divertido. Quizá sea mejor en esto de lo que creen.

Los labios de Noah se entreabrieron; su rostro mostraba una mezcla extraña entre miedo y esperanza. Por primera vez en toda la semana, sus hombros parecieron relajarse un poco.

 — Puede hacerlo — murmuró — . Pero tiene que hacerlo bien.

 — ¿Y qué significa hacerlo bien? — pregunté.

Sus ojos se alzaron hacia los míos.

 — Tiene que decir su nombre completo.

Las palabras hicieron que el resto del círculo se estremeciera. Un niño siseó entre los dientes, negando con la cabeza. Otro tiró de la manga de Noah, rogándole que se detuviera. Pero Noah insistió.

 — Si no, no cuenta.

Dudé. Quince años en las aulas me habían enseñado el poder de los límites. Mi nombre de pila era uno de ellos. Nunca lo había revelado, ni siquiera cuando los estudiantes lo pedían o lo usaban como burla. Era una línea que marcaba la diferencia entre ellos y yo; no para mantener distancia, sino para conservar la autoridad.

Yo era el señor Hellbrook. Siempre.

Y, sin embargo, Noah sonreía ahora, apenas, pero de verdad. Era la primera sonrisa auténtica que le veía en semanas. Frágil, temblorosa, pero real.

¿Qué daño podía causar un nombre?

 — Está bien — dije, bajando la voz para que solo él me oyera — . Solo esta vez.

Me incliné un poco y lo susurré:

 — John Halbrook.

El cambio fue inmediato. El círculo, que hasta ese momento había estado rígido y vacilante, estalló en movimiento. Las voces de los niños se alzaron en un canto repentino, los nombres se entrelazaron en un ritmo frenético. Me rodeaban, con los rostros pálidos pero las miradas fijas, repitiendo las palabras una sobre otra, en una especie de frenesí hipnótico.

Noah dio un paso atrás, tambaleándose, y en su rostro se dibujó una expresión de alivio, como un amanecer después de una larga noche. Soltó una risa breve, casi alegre, antes de cubrirse la boca con ambas manos. El color volvió a sus mejillas, sus ojos recuperaron el brillo, como si el peso invisible que cargaba hubiera desaparecido de pronto.

Los demás me miraron, luego se miraron entre ellos, y finalmente a Noah. Entonces lo entendí: no era la risa de una broma compartida. Era la risa de la liberación.

Le había quitado algo… algo de lo que él se alegraba deshacerse.

Cuando sonó la campana, el juego había terminado. Los niños se dispersaron, guardando sus loncheras en las mochilas, corriendo hacia la cafetería. El bullicio volvió, despreocupado, como si la última media hora jamás hubiera ocurrido.

Todos menos Noah.

Se quedó un momento más, sonriendo con timidez mientras ajustaba las correas de su mochila.

 — Gracias, señor Hellbrook — susurró, antes de echar a correr tras los demás.

El resto de la tarde me dejé llevar por aquella sensación cálida. Noah estaba más liviano, más luminoso. Levantó la mano dos veces durante la lectura en grupo e incluso se ofreció a ayudar a recoger los trabajos. Verlo así, liberado, hacía que la inquietud hubiera valido la pena. Tal vez el juego no era más que un extraño ritual de recreo, y al participar, le había dado el respiro que necesitaba.

Quizá.

Esa noche comenzaron las dudas. Estaba calificando redacciones en la quietud de mi apartamento cuando lo escuché por primera vez: un murmullo débil, indistinto.

Mi bolígrafo se detuvo a mitad de una corrección.

 — Hellbrook.

Me quedé inmóvil, escuchando.

 — John Hellbrook.

Venía desde la cocina. No, no desde la cocina… a través de ella. Como cuando una corriente de aire se cuela entre las paredes, un susurro tan cercano que parecía provenir de justo detrás de mi oído, pero sin aliento, sin cuerpo.

Me puse de pie con el corazón desbocado, revisando cada habitación. Nada. Ventanas cerradas, puerta con cerrojo, silencio.

Cuando regresé al escritorio, los papeles estaban esparcidos, deliberadamente reorganizados.

Mi nombre estaba escrito sobre ellos, en trazos débiles e irregulares, repetido una y otra vez por manos invisibles. Los reuní con prisa y los guardé en un cajón, me senté en la oscuridad con el pulso desbocado.

Desde la esquina de la habitación, justo más allá del alcance de la lámpara, volvió a escucharse un susurro.

 — John Halbrook.

Esa noche no dormí. Cada vez que cerraba los ojos, lo oía repetirse, paciente, interminable, como si algo finalmente hubiera aprendido lo que necesitaba saber.

Los susurros no cesaron. Nunca fuertes, pero siempre presentes. Deslizándose por las grietas de mi apartamento en la noche, colándose bajo el zumbido del refrigerador, murmurando desde los rincones oscuros del dormitorio.

Siempre mi nombre completo. Paciente. Persistente.

No era violento, pero hacía que todo se sintiera… incorrecto.

En la escuela, me seguía. Interrumpía mis clases de forma intermitente.
Los niños lo notaban cuando tropezaba al pasar lista, distraído. Se miraban entre ellos, cruzando susurros que chispeaban como chispas encendidas.

 — Ahora él es “eso”. El recolector está con él.

El alivio en el rostro de Noah era más profundo que cualquier disculpa o explicación. Sonreía de una forma que nunca antes le había visto: plena, libre, sin peso alguno. Era ligero como el aire.

Entonces lo comprendí. El juego no era cruel. No era acoso. Era supervivencia.
Un ritual, no para divertirse, sino para pasar el peso antes de que los consumiera por dentro.

Y ahora, ese peso era mío.

Al tercer día comenzaron los dolores de cabeza. No eran normales: una presión constante en la parte posterior del cráneo, como si una mano invisible se apoyara allí y no se apartara nunca. El sueño llegaba a retazos, media hora por vez, antes de que los susurros me despertaran de golpe.

En el aula, me sorprendía murmurando, no oraciones completas ni fragmentos de clase, solo mi propio nombre, una y otra vez, con los labios moviéndose en silencio… hasta que me daba cuenta de lo que estaba haciendo.

Y cada vez que me ocurría, el aula parecía oscurecerse apenas un poco más, como si algo se inclinara más cerca para escuchar.

Los niños lo notaron antes de que yo mismo pudiera admitirlo. Al principio, parecían encantados. Tropezaba con las operaciones de matemáticas, olvidaba las listas de ortografía, dejaba que el horario se desordenara. Mi falta de control significaba recreos más largos, horas libres, juegos que se extendían dentro de las lecciones. Las risas resonaban por los pasillos, ligeras y despreocupadas.

Pero la alegría no dura mucho cuando empieza a mezclarse con el miedo.

Al final de la semana, mis manos temblaban cada vez que intentaba escribir en el pizarrón. Los ojos me ardían, pesados por el cansancio, con medias lunas oscuras marcándose debajo. Una vez, a mitad de una frase, me detuve en seco, incapaz de recordar lo que acababa de decir. El silencio se prolongó hasta que un niño, nervioso, se atrevió a completar la respuesta por mí. La risa se apagó.

Ahora, los susurros en el aula ya no eran juguetones. Eran inquietos.

Levantaba la vista de los trabajos que corregía y encontraba veinte pares de ojos fijos en mí, grandes y llenos de incertidumbre.

Incluso Noah, liberado de su carga, evitaba mi mirada. En su rostro todavía quedaba un rastro de alivio, sí, pero también de culpa. La sonrisa que antes había llevado consigo se había vuelto pequeña, contenida.

Él sabía lo que yo cargaba ahora.

Cuando llegó el viernes, apenas podía sostener la tiza. Me apoyaba en el escritorio, mientras el aula giraba y las palabras salían de mi boca en fragmentos torpes. Los niños permanecían inmóviles, con las pelotas del recreo sin tocar, los lápices quietos entre los dedos. Ya no celebraban nada.

Cuando sonó la campana, salieron lentamente, murmurando entre ellos.

Me quedé sentado, con la cabeza entre las manos, esforzándome por no repetir mi propio nombre en voz alta.

Fue entonces cuando noté el pequeño trozo de papel doblado, asomando bajo mi cuaderno.

Una letra pequeña y cuidadosa, escrita con lápiz:

No lo guardes demasiado tiempo. Duele.

El pecho se me tensó. No había firma, solo la advertencia.

Para la segunda semana, empecé a considerarlo. El pensamiento se deslizó durante la lista de asistencia. Leía los nombres uno por uno:

 — Carter.
— Díaz.
— Huang.

Cada niño respondía aquí sin vacilar.

Pero ¿y si insistía un poco más?

Imaginé detenerme en el nombre de algún alumno, fingiendo pronunciarlo mal, frunciendo el ceño hasta que él mismo me corrigiera.

No solo su nombre de pila, sino el nombre completo, pronunciado con claridad.
Su nombre entero. El juego lo reconocería. El colector se movería hacia ellos.

Volví a imaginarlo durante el trabajo escrito. Podría devolverles las hojas con una excusa de formalidad.
Lee tu nombre para mí. Completo.
Una petición de maestro. No la cuestionarían. La carga caería, como siempre ocurría en el juego.

Las imágenes me revolvieron el estómago, pero no podía apartarlas de mi mente.

Sin embargo, al alzar la vista, vi sus rostros. Ya no traviesos ni risueños, sino preocupados. Sus ojos seguían el temblor de mis manos, el tono ceniciento de mi piel, la forma en que tropezaba con las palabras.

Su preocupación me golpeó con más fuerza que los susurros mismos.

Dejé caer los papeles y dije con voz áspera:
— Vayan, recreo.

Se dispersaron demasiado rápido, el alivio evidente en cada paso.

Y en el silencio repentino, escuché un murmullo junto a la ventana, arrastrado por ningún viento.

Una niña se quedó rezagada, jugando con la manga de su suéter. No me miró a los ojos cuando dijo:
— No se supone que lo guardes. Es peor si lo haces.

 — ¿Peor? ¿Cómo? — pregunté, con la voz quebrada.

Ella solo negó con la cabeza.
— No lo sabemos. Nadie ha aguantado tanto tiempo.

Esa noche permanecí despierto, mirando el techo. Los susurros llenaban cada sombra, presionando contra mis oídos, mi garganta, los rincones del cuarto.

Por primera vez pensé en los de afuera. Otro maestro, el dependiente del supermercado, mi hermana… si la llamaba. Alguien, cualquiera que pudiera cargar con ello. Alguien que aún no supiera cómo funciona el juego.

Pero el pensamiento se desmoronó casi tan pronto como apareció.
Ellos no conocían las reglas. No entenderían el juego, no sabrían cómo pasarlo.
¿Y si lo guardaban para siempre? ¿Y si el peso los quebraba poco a poco?
Y lo peor… sabrían quién se los había dado.

Presioné mis palmas contra los ojos hasta ver chispas. Mis labios susurraban solos en la oscuridad, mi nombre una y otra vez, sin quererlo.

Desde la esquina del cuarto, el colector se movió. No podía verlo directamente, pero lo sentía. Inclinándose, escuchando.

Apreté la mandíbula, resistiendo la verdad: cuanto más tiempo lo retenía, más comprendía que estaba cruzando hacia un lugar del que ningún niño había salido.

No hicieron falta semanas para que empeorara. Solo días.

Los dolores de cabeza se transformaron en náuseas, mis manos temblaban tanto que debía sostener la tiza con ambas. Los niños dejaron de reírse de mis errores. Ahora me observaban con una especie de compasión temerosa.

Y entonces comencé a verlo.

Al principio, solo lo veía en los bordes de mi visión: algo pálido y encorvado, observando desde el extremo del pasillo. Cada vez que giraba para mirar, ya no estaba. Un truco del cansancio, me dije. Los nervios demasiado tensos, desgastados.

Pero para el jueves, ya no se quedaba en la periferia.

En medio de un ejercicio de ortografía, miré hacia el fondo del aula y me quedé helado.
Estaba de pie entre la última fila de pupitres.

Demasiado alto, con los hombros rozando el techo, un cuerpo demasiado delgado para su estatura, las extremidades dobladas en ángulos imposibles, como si tuviera más articulaciones de las que debería.
Donde debía haber un rostro, solo había un hueco negro y reluciente, como si algo lo hubiera vaciado desde dentro.

Lo peor no fue verlo.
Lo peor fue que los niños no reaccionaron. Sus lápices seguían raspando el papel con calma, como si nada se alzara sobre ellos. Como si yo fuera el único que podía verlo.

La garganta se me cerró. Un sonido intentó escapar, mi nombre susurró contra mi voluntad, pero apreté los dientes con tanta fuerza que me tembló la mandíbula.

La figura inclinó la cabeza. El vacío donde debería haber un rostro onduló, estirándose.
Tropecé hacia el escritorio, tambaleante.

 — ¿Señor Hellbrook? — preguntó una de las niñas, con una voz diminuta.

El aula había quedado en silencio. 

Veinte rostros se volvieron hacia mí, con los ojos abiertos de miedo. Y en ese silencio pensé:
Mejor yo que ellos.

Porque si llegara a pasarlo, si uno de esos niños tropezara y viera lo que yo acababa de ver, los vaciaría por dentro. Los rompería. No podía hacerles eso. No a ellos.

La vista se me nubló. El aula se inclinó a mi alrededor.
Por un momento terrible, creí que caería al suelo frente a ellos, que todo terminaría ahí mismo.

Pero los susurros se desvanecieron lo justo para permitirme mantenerme en pie. Me aferré al borde del escritorio con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

Los niños no se movieron. Sabían lo que estaba ocurriendo y sabían que yo no lo había pasado.
Nadie habló mientras tomaba la tiza otra vez, con la mano temblando tanto que la palabra que escribí resultó ilegible.

Y entonces, a mitad de la siguiente frase, todo se volvió negro.
Solo por un instante, un parpadeo, pero el tiempo suficiente para que, al abrir los ojos, veinte niños me miraran en un silencio absoluto.

Sabían que me estaba rompiendo.

El aula se vació en una estampida de abrigos y mochilas, el murmullo apagándose por el pasillo.
Yo permanecí en el escritorio, mirando el pizarrón vacío, con la tiza aún temblando entre mis dedos.

Mi cuerpo se sentía como papel húmedo: delgado, frágil, desgarrándose bajo su propio peso.

Casi no la noté.
Una niña callada, pequeña para su edad, estaba de pie junto a la puerta, retorciendo la correa de su mochila entre los dedos.
Cuando levanté la vista, me sostuvo la mirada con una firmeza que me sobresaltó. No era miedo, ni travesura.
Era algo más viejo.

 — No puedes mantenerlo para siempre — dijo en voz baja.

Las palabras me dejaron inmóvil. Antes de que pudiera responder, dio un paso dentro del aula.

 — Juega conmigo.

El estómago se me hundió.

 — No — mi voz sonó más áspera de lo que pretendía. — Absolutamente no.

Pero ella no se movió. Sus ojos seguían fijos en los míos.

 — Te vas a romper — dijo — Ya te estás rompiendo. No se supone que se quede con una sola persona tanto tiempo.

Negué con la cabeza, sintiendo un calor punzante detrás de los ojos.

 — No sabes lo que es — susurré — No sabes lo que he visto.

Su voz no vaciló.

 — Sé lo suficiente. Todos lo sabemos.

El silencio entre nosotros se alargó.
Pensé en el alivio de Noah, en cómo sus hombros se habían aligerado en el instante en que me uní al juego.
Pensé en las notas que habían deslizado bajo mis papeles:
No lo mantengas demasiado tiempo. Duele.

Y supe que tenía razón.
Aun así, la idea de devolverle ese peso a una niña me desgarraba por dentro.
Apreté el borde del escritorio, conteniendo las palabras.

 — Eres solo una niña.

Ella esbozó una sonrisa pequeña, casi triste.

 — Como todos nosotros.

No reunimos a toda la clase, solo nosotros dos.
Un pequeño círculo en la quietud del aula vacía.
Ella se colocó frente a mí, las manos entrelazadas, los ojos tranquilos.

Intenté ganar tiempo, explicarle, rogarle que no lo hiciera.
Pero solo negó con la cabeza.

 — Así es como funciona — dijo — Lo sabes. Todos lo sabemos.

El canto comenzó.
Yo apenas pude seguirlo, la voz rota.
Ella respondió como lo hacían siempre los niños: firme, sin miedo.

Y entonces se equivocó a propósito.
Dijo su propio nombre en voz alta, claro y preciso, sin apartar los ojos de los míos.

En el instante en que la palabra abandonó sus labios, lo sentí.
El peso desapareció.
La presión en mi cabeza, los susurros en los rincones, el terror enfermizo que me envolvía como una prenda empapada… todo se desvaneció.

Por primera vez en semanas, me sentí ligero, lúcido, vivo.
El aire entraba libremente en mis pulmones. Mis manos dejaron de temblar.
El silencio en el aula era limpio, puro.
Casi me derrumbé de alivio.

Ella sonrió levemente, aunque la tristeza nunca abandonó su rostro.

 — ¿Ves? Mejor así.

La garganta se me cerró.

 — No debiste hacerlo.

 — Está bien — me interrumpió.
Todos nos turnamos.

Antes de que pudiera responder, el resto de la clase se había reunido en la puerta, atraídos por puro instinto. No celebraron ni rieron. Simplemente la rodearon, solemnes, silenciosos, con una comprensión demasiado profunda para niños de su edad.

La miré otra vez. Sus hombros se habían hundido. El mismo peso que yo había cargado se estaba posando sobre ella. Podía verlo en la forma en que su sonrisa titubeaba, en el brillo húmedo que comenzaba a nublarle la mirada.

El recolector estaba con ella ahora. Ya no lo oía. No más. Pero lo supe. La culpa me golpeó como una ola. Quise recuperarlo, quedármelo para siempre, si eso significaba que ella no tendría que ver lo que yo había visto.

Pero ella solo se irguió un poco, asintió una vez y susurró:
— Ahora es más ligero para todos.

Para la semana siguiente, el ritmo del patio había vuelto a la normalidad.
Desde la ventana de mi aula los observaba formar su círculo,
los pies hundiéndose en la grava, las voces elevándose en ese canto extraño.
El nombre se deslizaba, la risa estallaba, y el peso cambiaba de manos.

El juego continuaba como siempre.
Pero ahora lo comprendía. No era crueldad.
No era acoso. Era supervivencia.

El recolector era demasiado pesado para que un solo niño lo soportara por mucho tiempo.
Pasarlo no era maldad, era misericordia.
Todos habían aprendido las reglas: nunca sostenerlo demasiado,
nunca dejar que echara raíces.

Durante el recreo caminaba entre ellos.
Jugaban a las cuatro esquinas, intercambiaban cartas, saltaban la cuerda.
Pero siempre, en una esquina del patio, el círculo se formaba.
Siempre el canto volvía a elevarse.

Y a veces veía cuando algo salía mal.
Un niño lo mantenía demasiado tiempo.
Sus ojos se apagaban, sus hombros se hundían.
Comenzaban a fallar en clase, a volverse callados, ausentes.

Los otros se acercaban, girando más rápido, tratando de forzar el intercambio.
Pero el niño resistía, aferrado por miedo o por confusión.
Entonces intervenía yo.

Sus voces se alzaban, se superponían, engañaban, insistían.
Y yo me dejaba caer. Dejaba que las palabras se escaparan.
Mi propio nombre en mis labios, claro y deliberado.

El canto se cerró a mi alrededor, de golpe.
El aire pareció cambiar, volviéndose pesado y cortante.
Sentí el peso posarse otra vez sobre mis hombros, como un manto familiar.

Los niños me miraron y siguieron adelante.
Cuando el círculo se deshizo, permanecí allí,
los hombros hundidos bajo una carga invisible.

Mientras los susurros regresaban,
mi nombre se repetía en el silencio entre latidos,
hundiendo raíces en mí una vez más.

Y por primera vez, lo recibí con alivio.

 

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