Trabajo En Una Prisión Que No Debería Existir – CREEPYPASTA

Hay lugares que no fueron creados por la justicia… sino por el miedo. Un guardia revela los secretos de un edificio vivo: seres que parpadean entre dimensiones, cuerpos convertidos en armas, ciudades falsas que son cárceles y prisioneros que podrían destruirlo todo.

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Publicado por: CreepyAnónimo

Dicen que toda prisión tiene un propósito. Pero hay lugares que no fueron creados por la justicia, sino por el miedo.

 Yo trabajo en uno de ellos.

“Aquí no encerramos personas… encerramos cosas que el mundo no debería conocer.”

Quédate conmigo… porque después de escuchar esta historia, entenderás que hay prisiones que no contienen criminales, sino secretos demasiado vivos para ser liberados.

 

Ser guardia de prisión no es fácil.
Hay que mantener el control, el control de la rutina, de las personas impredecibles y, sobre todo, de uno mismo.

En una prisión común, hay innumerables factores que considerar: afiliaciones de pandillas, contrabando, peleas y, ocasionalmente, intentos de fuga.
Mucha gente piensa que el trabajo consiste únicamente en imponer respeto mediante la fuerza. Y, en algunas prisiones, quizá funcione así. Pero no aquí.

Yo trabajo en un lugar diferente, por encima del nivel común, el tipo de prisión a la que envían cosas que no pueden existir en ningún otro sitio.
Cosas que no deberían existir.

Algunos, alguna vez, fueron personas.

Otros, nunca lo fueron.

Y algunas… nadie sabe realmente qué son.

Los científicos intentan estudiarlas. La administración intenta clasificarlas.
Al final, todos hacemos una sola cosa: mantenerlas encerradas… y esperar que eso sea suficiente.

Mi trabajo consiste en asegurar me de que el Cofre permanezca cerrado.
Y lo hago siguiendo una rutina rigurosa, cumpliendo cada directriz al pie de la letra.

Cuando comienzas aquí, hay un prisionero al que todos los novatos son asignados primero: el Phaser.

Al mirar por la pequeña ventanilla de su celda, ves a un hombre de unos cuarenta años, de apariencia completamente normal.
De forma periódica, emite un destello intenso de luz y, en un parpadeo, reaparece en otra esquina de la celda.

Fue capturado experimentando con tecnología de teletransporte y, dado que nadie más utiliza nada semejante en este lugar, puedo imaginar que su invento está lejos de ser algo perfeccionado.
Sirve como un recordatorio viviente de las consecuencias de jugar con lo desconocido.

Sería casi relajante observarlo, si no fuera por los gritos horribles que emite durante y después de cada “parpadeo”.
Cuando está exhausto, lo único que se escucha son sollozos apagados — y, en esos momentos, mirarlo resulta casi soportable.

De vez en cuando tiene suerte y pasa horas, a veces incluso un día entero, sin teletransportarse.
Pero hay días malos… días en los que eso no se detiene nunca.
Y con su inestabilidad, hay momentos en que simplemente… desaparece.

La celda vacía activa la alarma si permanece ausente demasiado tiempo, y alguien es enviado a investigar.
Pero él nunca sale de la celda, nunca, en ningún momento, se teletransporta fuera de la habitación, y mucho menos fuera del complejo.
Lo que sea que recubre las paredes cumple su función a la perfección.

Pero, al final, lo que realmente importa es lo que hacemos cuando eso sucede.
Cuando me alertan, me quedo fuera, observando y anotando cualquier cosa extraña hasta que vuelve a parpadear.

Algunos reclutas impulsivos, los que quieren demostrarse valientes a toda costa, corren hacia adentro, armados y listos para todo.
Los afortunados solo se llevan el susto de su vida cuando el Phaser reaparece en un destello repentino, casi haciéndolos saltar del suelo.

A dondequiera que el Phaser vaya, lo que ve debe de ser aterrador.
Solía pensar que solo parpadeaba hacia adelante en el tiempo, retrasando el momento de volver a aparecer ante nosotros dentro de la prisión.
Pero la mirada en sus ojos, después de un parpadeo prolongado, cuenta mil historias. Historias que jamás compartirá.

El desenlace realmente trágico ocurre cuando un guardia se encuentra exactamente en el mismo lugar en el que él reaparece.
Sin excepción, cualquier contacto con la entidad parpadeante, incluso un leve roce en el brazo cuando regresa, siempre favorece al Phaser.
El guardia simplemente se desintegra en una densa nube de niebla roja.

Y, como no es posible enviar a los encargados de limpieza ahí dentro, es el propio Phaser quien debe encargarse de limpiar el desastre.

Mirando hacia atrás, todo esto parece una prueba, una forma de evaluar si un guardia está preparado para lidiar con las “Anomalías” de este lugar.
Una especie de test de contacto para los novatos: ser demasiado pasivo puede llevar al desastre, pero ser demasiado proactivo también.
A veces, incluso el punto medio resulta peligroso.
Uno es puesto a prueba todos los días, obligado a tomar decisiones en cuestión de segundos, y parece que así es como nos evalúan: por nuestra reacción.

El Phaser es solo uno entre muchos prisioneros, peligrosos por circunstancia, resultado de haber ido demasiado lejos en territorios desconocidos, ahora castigados por la eternidad.
Sin embargo, algunos prisioneros son peligrosos por elección.

En la vida escuchamos historias sobre personas que se esfuerzan hasta alcanzar hazañas extraordinarias: arqueros que dan en el centro del blanco y luego parten su propia flecha con otra; levantadores de pesas capaces de alzar el peso de un automóvil.
Pero… ¿y si alguien fuera más allá de eso?

El Prisionero X está sujeto a una cantidad absurda de protocolos, cada movimiento, cada contacto, todo debe ser controlado.
Transformó su propio cuerpo en un arma viva, fusionando química, biología y tecnología.
Durante años se sometió a cirugías, algunas realizadas por él mismo, para eliminar cualquier limitación humana: reforzó huesos, músculos, metabolismo e incluso implantó mecanismos de defensa internos.

Cuando fue capturado, los científicos retiraron lo que pudieron, cuchillas ocultas, cápsulas químicas, armas bajo la piel y dispositivos automáticos de reacción.
Aun así, mucho permaneció.
Hay partes de su cuerpo tan integradas a la tecnología que separarlas sería lo mismo que matarlo.

Su piel, por ejemplo, es irrompible, endurecida mediante procesos que nadie aquí comprende del todo. Ni siquiera los propios científicos pueden decir si eso sigue siendo piel… o si ya se ha convertido en algo completamente distinto.

Los prisioneros de este lugar suelen tener algo en común: hablan poco.
Por eso, todavía sabemos muy poco sobre él, la mayor parte de lo que entendemos proviene de la observación y del método de prueba y error.

El problema es que su “condición” lo ha vuelto prácticamente inmune a nuestros métodos de contención. Las pistolas eléctricas no funcionan. El fuego tampoco. Nada que le cause dolor parece surtir efecto.

Por esa razón, tuvimos que adoptar un procedimiento especial.
Cada cierto tiempo, es necesario perforar un pequeño orificio en su cuello, lo cual ya es un desafío, considerando lo gruesa y rígida que es su piel, para colocar un collar con una jeringa reforzada, llena de sedantes lo bastante potentes como para derribar a un elefante.
Aun así, se necesita un grupo entero de guardias para escoltarlo desde su celda hasta cualquier otro lugar.

Decir que es resistente a la autoridad sería quedarse corto. Simplemente, no reconoce a nadie por encima de él.

Hubo una vez en que intentó escapar. Esperó el momento exacto en que debía ser sedado nuevamente. La piel alrededor de su cuello se había endurecido tanto que desvió la aguja con un solo movimiento.

Fue un caos.
Tuvieron que movilizarse tres equipos completos para contenerlo. Muchos murieron aquel día. Aun con los brazos encadenados de forma permanente, seguía siendo letal, y encontraba maneras creativas de matar.

Por suerte, yo no estaba de servicio en ese momento. Pero esas muertes lo cambiaron todo: su seguridad fue reforzada y la frecuencia con la que debíamos perforarlo aumentó drásticamente.

Afortunadamente, no todos los prisioneros aquí son pura maldad. Algunos… simplemente fueron demasiado ambiciosos.

Uno de ellos ocupa una celda de baja seguridad, con algunos pequeños comodidades, lo que, por aquí, ya es prácticamente un lujo, considerando las condiciones en que vive la mayoría. Lo llamamos el Tinkerer, aunque él prefiere el título de “Tecnomante”… un nombre tan pretencioso que nadie aquí ha podido tomar en serio.

Al principio fue una verdadera pesadilla.
No era peligroso —al menos, no de forma directa—, pero sí muy molesto.
Tenía la costumbre de trastear con cualquier cosa que alcanzara. Si algo podía desmontarse, reprogramarse o corromperse, él encontraba la forma de hacerlo.

Era habitual escuchar a los guardias quejarse porque sus radios habían desaparecido del cinturón, para descubrir poco después que un ruido extraño empezaba a interferir todas las comunicaciones.
Nuestros ordenadores se colgaban sin motivo, las cámaras se quedaban sin señal de forma inexplicable…
Aunque por aquí ocurren muchas anomalías casi todo el tiempo, algunas potencialmente catastróficas, siempre que había algún sabotaje tecnológico, era fácil saber quién estaba detrás: el Tinkerer tenía el don de entender la tecnología mejor que cualquiera de nosotros.

Solíamos entrar a su celda, dominarlo y registrar el lugar. Y, cada vez, encontrábamos algún tipo de artilugio improvisado hecho con chatarra que él había reunido. Mientras lo sujetábamos en el suelo, era posible oír risas entre sus gruñidos.

Nos dimos cuenta de que, cuando estaba manipulando sus inventos, se calmaba; se concentraba en su rincón. Eso nos dio una idea: de vez en cuando empezamos a llevarle piezas rotas de tecnología, portátiles, tablets, teléfonos móviles y cosas por el estilo.

Obviamente, retirábamos cualquier componente que pudiera causar problemas, partes que permitieran acceso a internet, o simplemente le quitábamos una pieza esencial, como el procesador.
Después llevábamos el equipo hasta él con el pretexto de que quería arreglarlo, y pasaba días, a veces semanas, trabajando en ello. Cuando terminaba, registrábamos su celda buscando piezas ocultas, y, sin que él lo supiera, destruíamos todo lo que encontrábamos.

Una vez encendimos un portátil que él había “arreglado” para nosotros, tras haberle puesto el procesador y la batería. Pero el dispositivo era casi completamente distinto, configurado para funciones que no llegábamos a comprender. Era obra de un verdadero lunático tecnológico.

Aun así, mantuvimos la rutina, daba trabajo, pero lo mantenía entretenido, y eso ayudaba a que la celda estuviera más calma. Nada de eso venía en los manuales. Nosotros, los guardias, a menudo tuvimos que crear nuestros propios métodos mediante la observación y la prueba, improvisando rutinas que facilitaran nuestro trabajo.

Un guardia no comprendió bien el peligro que representaba. Él solo veía al Tinkerer como “el tipo que arregla cosas” y le llevó su propio celular, que no funcionaba. Aun con toda la instalación subterránea y bloqueada para cualquier señal externa, en pocas horas el Tinkerer logró enviar un código nuclear, casi llegó a activar varios misiles.
Se llegó a emitir una alerta en Hawái, que luego calificaron de “falsa alarma”. Pero, en realidad, estuvimos muy cerca de una catástrofe real.

El guardia fue castigado de inmediato, y al Tinkerer se le prohibió manipular cualquier equipo tecnológico durante meses. Aun así, no se enfadó. Siempre que lo revisábamos, se reía solo, recordando lo que había hecho.

Eso lo mantuvo entretenido hasta que, pasado un tiempo, le autorizaron volver a tocar equipos averiados, pero ahora con reglas mucho más estrictas.

Desde entonces, hay un prisionero en particular del que me gusta encargarme durante mi turno. No causa problemas, no requiere mantenimiento, solo hay que observarlo y anotar cualquier anomalía. Pero nunca ocurre ninguna. Eso se debe a que está atrapado en un estado de estasis, como si el tiempo no transcurriera para él.

La historia de cómo llegó aquí es extraña. Todo comenzó cuando se detectó una señal inusual en el sótano de un edificio residencial. Un equipo completo fue enviado para investigar y lo encontraron en ese estado, congelado en el tiempo.

A su alrededor había una serie de equipos extraños: computadoras conectadas de forma compleja y una gran máquina, en su mayor parte destruida. Como él no podía responder a ninguna pregunta, el equipo tuvo que reunir las piezas para intentar comprender lo que había sucedido.

Y lo que descubrieron era realmente desconcertante.

Por los registros encontrados en el ordenador, se dieron cuenta de que él había hallado la primera forma legítima…
Una manera real de viajar en el tiempo, algo estrictamente ilegal.

Tenemos algunos prisioneros detenidos solo por intentar iniciar proyectos de ese tipo, pero este hombre parece haberlo logrado de verdad.
De alguna forma, descifró el código y construyó una máquina improvisada, ahora destruida a su alrededor.
Pero lo que hizo con ella fue, quizá, lo más insólito que he escuchado.

En lugar de viajar al pasado para enriquecerse, corregir un error de su vida, alterar la historia de forma revolucionaria, conocer a una figura histórica o, quién sabe, ver a los dinosaurios, decidió volver en el tiempo… para matar a su propio abuelo.

El hombre estaba obsesionado con el llamado Paradoja del Abuelo.
Es curioso cómo a menudo un intelecto brillante viene acompañado de un toque de locura.

Sabemos todo esto gracias a los registros encontrados en su computadora. Allí detallaba el plan y especificaba con exactitud quién sería su objetivo: un tal Charles Fernon.

Consultamos la base de datos y encontramos una coincidencia: Charles Fernon había muerto a finales de la década de 1940, sin registro de descendencia. Lo que significa que, si realmente era su abuelo, consiguió matarlo e impedir el nacimiento de uno de sus padres… convirtiéndose así en un paradigma viviente del propio paradoxo.

Pero no desapareció.

Incluso con toda la información recopilada, siguen existiendo muchos misterios. No sabemos si el estado en que se encuentra es consecuencia directa del propio paradoxo, un efecto colateral del viaje temporal o algo que él mismo provocó después de alcanzar lo que deseaba descubrir.

Tampoco sabemos qué sucedió con la máquina, si estaba diseñada para usarse una sola vez o si él la destruyó deliberadamente para evitar que alguien más la utilizara.

Sin embargo, seguimos trabajando arduamente para liberarlo. Él era un estudioso, y los científicos continúan realizando pruebas con la esperanza de revertir su condición.

En los registros no hay nada que explique cómo construyó realmente la máquina, y por eso los investigadores confían en poder “descongelarlo” y extraer esa información de algún modo.

La ciencia detrás de todo esto está muy por encima de lo que puedo comprender. Aun así, a veces me sorprendo imaginando lo que podría lograrse si alguien viajara en el tiempo con ambición… aunque, claro, la idea de que alguien lo hiciera con intenciones caóticas resulta aterradora.

Tal vez por eso nunca dejó constancia del proceso de construcción.
Tal vez por eso la máquina fue destruida.

Muchas de las funciones aquí dentro se dividen entre distintos escuadrones. Eso significa que las tareas que mencioné, las que forman parte de mi rotación, pueden aparecer rara vez, o nunca, para otros grupos.

No tenemos idea de cómo se definen los criterios: si se trata de algún tipo de sistema interno basado en el nivel de amenaza o en la competencia colectiva. Solo Dios sabe con qué clase de demonios tienen que lidiar los demás… aunque espero estar en una buena rotación.

Sin embargo, hay una función que es universal entre todos los grupos: el “tiempo de recreación”. Para esa tarea, me visto con ropa civil, aparentando ser más joven, y conduzco hasta una ciudad llamada Small Haven.
La instalación se encuentra en un lugar remoto, lejos de toda civilización. Así que esa “ciudad” no es real: es un nivel completo dentro de la instalación, ampliado para recrear una urbe funcional y creíble, con un cielo artificial que parece auténtico.

Todos los habitantes son actores que interpretan sus papeles las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, sin jamás salir del personaje.
Y todo esto existe por un solo prisionero: una niña.

Ella vive con una familia, aunque técnicamente son actores, son sus parientes biológicos. En general, tiene una vida perfecta: asiste a la escuela, juega con amigos, visita a familiares, quienes también fueron trasladados a la “ciudad” dentro de la instalación.

El motivo de su detención es sencillo: si se enoja, explota.
Literalmente.
Posee una energía interna suficiente para destruir países enteros. La explosión sería demasiado grande para contenerla o aislarla. Incluso si detonara en el punto más remoto del planeta, en medio del océano más vasto, los tsunamis resultantes arrasarían continentes en todas direcciones.

No podemos llevarla al espacio: el riesgo de que alcance niveles de estrés suficientes para provocar una explosión antes de abandonar la atmósfera es demasiado alto. Por eso permanece confinada en esta instalación, creyendo que se mudó a una pequeña y tranquila ciudad para comenzar una nueva vida.

Existen contingencias cuidadosamente diseñadas para asegurarse de que nunca sobrepase los límites exteriores de la ciudad. Esas zonas periféricas están formadas por fábricas abandonadas y barrios marginales degradados, creados deliberadamente para parecer lugares desagradables, espacios que ella evitaría de manera natural.
Aunque “abandonados” quizá no sea el término correcto, considerando la cantidad de francotiradores entrenados que permanecen allí las veinticuatro horas, armados con sedantes de largo alcance.

Incluso la población de esos barrios marginales está compuesta por milicianos encubiertos: personas intimidantes, fuertemente armadas, cuyo único propósito es impedir cualquier intento de fuga.

Una vez, ella se acercó a los límites exteriores sin escolta. Informaron que no intentaba escapar, pero aun así se activó el protocolo de seguridad. Fue contenida y, cuando “despertó”, sus padres le dijeron que se había quedado dormida mientras caminaba demasiado lejos.
Por suerte, lo creyó, y desde entonces no ha vuelto a ocurrir ningún incidente.

Ella no tiene la menor idea de lo que realmente sucede a su alrededor.
Y cuando me asignaron el turno de “tiempo de recreación”, mi tarea era simplemente comprobar cómo se encontraba.

Ese tipo de trabajo es complicado, ya que la ciudad está completamente aislada del mundo real, lo que dificulta la transmisión segura de información hacia dentro o fuera de Small Haven.
De vez en cuando, un guardia debe asumir un papel dentro de la ciudad para realizar inspecciones.
A veces somos enviados como orientadores escolares externos, designados para evaluar a los alumnos. Otras veces fingimos ser viajeros varados porque el coche se averió, lo que ayuda a mantener la ilusión de que la ciudad es real y oculta el hecho de que está totalmente aislada de cualquier civilización.

Sin embargo, mi turno fue diferente. Fue la primera visita de larga duración que se planificó, y tuve la suerte (o la desgracia) de ser el primer participante.

Aunque trabajo en una instalación donde somos sometidos a pruebas físicas constantes, con algunos guardias cubiertos de cicatrices grotescas, yo, hasta ahora, he permanecido prácticamente ileso.
Recibimos equipo de protección para esas misiones, pero suelo usar solo lo mínimo necesario.

Debo admitirlo… tengo un serio caso de “cara de niño”. Nunca había sido un problema, pero parece que alguien lo notó, porque estaba directamente relacionado con mi nueva función.

Fui enviado como un nuevo estudiante de secundaria, cursando el último semestre del año. Recibí un cronograma detallado, instrucciones sobre cómo afeitarme y cómo integrarme adecuadamente en el entorno. Solo, podría parecer un poco mayor que los demás, pero entre el grupo de alumnos logré camuflarme lo suficiente.

El sistema escolar era integrado: mezclaba estudiantes de distintos grados, desde la primaria hasta la secundaria. Eso me permitía, pese a la diferencia de edad, observar a la prisionera en algunas clases.

Me habían instruido para no participar en las actividades, a menos que ella me estuviera observando, lo cual nunca ocurrió, así que utilicé ese tiempo para tomar notas de todo lo que percibía.

Descubrí que su nombre era Emily, y que le iba bien en la escuela. Sin embargo, había un evento planificado: como yo era nuevo en la ciudad, los padres de Emily me invitaron a cenar en su casa, manteniendo la fachada de una comunidad acogedora y amigable.

Conmigo estaba una actriz que interpretaba el papel de mi madre. Le entregué un sobre con el guion y pasamos horas repasando cada detalle, asegurándonos de que todo saliera perfecto.

Mi “madre” interpretaba a una mujer soltera, y la historia era que yo había vivido con mi padre la mayor parte de mi vida, pero que, después de años intercambiando cartas, había decidido mudarme con ella por un tiempo, intentando reconstruir nuestra relación.
Era una narrativa simple, difícil de cuestionar.

Ensayamos el guion varias veces, añadiendo información extra para poder manejar cualquier imprevisto durante la cena.

La comida transcurrió sin incidentes. Bajo el pretexto de “conocer gente nueva”, logramos obtener detalles de su vida familiar de manera discreta.
En general, todo parecía estable y convincente.

Pero entonces ocurrió algo inesperado. La madre de Emily llamó a mi “madre” a otra habitación, con el pretexto de abrir una botella de vino, algo en lo que, naturalmente, los niños no podían participar. Eso dejó a Emily y a mí solos, lo que abrió una oportunidad rara: una conversación más profunda, libre de la presión de mantener las apariencias frente a los adultos.

Ese tipo de situación siempre había sido difícil de conseguir en revisiones anteriores, ya que dejar a una niña sola con un extraño despertaría sospechas. Como yo aparentaba ser joven, la misión era aprovechar ese breve intervalo para obtener cualquier información útil.

La conversación comenzó con lentitud, preguntas triviales para romper el hielo, pero poco a poco la fui guiando hacia algo más personal: le pregunté cómo se sentía realmente viviendo allí, qué pensaba de la escuela, de sus padres.

Ella se abrió más de lo que esperábamos. Todo lo que dijo fue positivo. El proyecto Small Haven parecía funcionar perfectamente.

Pero entonces, Emily guardó silencio. Su mirada se perdió, profunda, pensativa. En lugar de interrumpir, dejé que el silencio llenara el ambiente, esperando que el propio peso del momento la impulsara a continuar por voluntad propia.

Cuando finalmente habló, no respondió con una pregunta casual. Lanzó una bomba directamente hacia mí:

— Sé que nada de esto es real.
Si tuviera algo en la boca, lo habría escupido de inmediato.

— ¿Eh? ¿Qué… qué quieres decir con eso? — tartamudeé.

Hasta ese momento llevaba el control de la conversación, siguiendo mis instrucciones al pie de la letra, manteniendo la compostura. Pero esa frase salió completamente del guion. Intenté recomponerme, improvisando una pregunta para volver al plan original.

— Quiero decir… esto es una simulación, ¿no? — continuó ella, con voz serena. — Esta ciudad… es todo falso.

Me quedé paralizado.
Mi primer instinto fue convencerla de que estaba equivocada, hacerla dudar de su propia cordura por pensar así, aunque sabía que tenía toda la razón. Pero entonces algo me detuvo: si discutía demasiado, eso podría generar ansiedad, que podría convertirse en frustración, y luego en ira.
Y la ira era lo último que podía provocar.
Así que decidí actuar con cautela.

— ¿Qué te hace pensar eso? — pregunté.

— Curiosamente, sé que hay algo dentro de mí, algo que no entiendo, algo que nadie entiende.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Ella nunca debería saber sobre su propia condición. Había una teoría entre los científicos: si ella mantuviera una conciencia constante de ese “algo” dentro de sí, y de la necesidad de mantenerlo controlado, eso podría ser el detonante de una reacción desastrosa.
Sería como tener que recordar todo el tiempo que debes respirar.

Ella siguió hablando, mientras yo callaba:

— Sé que todos aquí son actores, fingiendo formar parte de esta ciudad. Incluso mis padres… son mis padres, lo sé. Pero mantienen una fachada.

Eso era peligroso, y empeoraba con cada palabra que decía.
Sabía demasiado. Y por la seguridad en su voz, se notaba que no estaba confundida.
Estaba segura. No había vuelta atrás.

Así que, en lugar de negar, hice la única pregunta que realmente necesitaba saber:

— ¿Cómo lo sabes? — pregunté.

No era un truco para cambiar el rumbo de la charla, tenía que saberlo.
¿Había hablado alguien de más?
¿Había escapado sin ser notada?
Saberlo era esencial.

— Lo que sea que haya dentro de mí… esa energía… cambió — dijo, con la mirada perdida. — Al principio solo oía un zumbido. Mis padres creyeron que estaba enferma y me sacaron de la escuela por un tiempo. Pero luego… el sonido empezó a formar palabras. Solo que… no salían de la boca de la gente. Venían de sus cabezas.

En ese instante toda esperanza de “revertir” la situación desapareció. Ella podía leer la mente. Como si eso no fuera ya lo suficientemente aterrador.

Quería hacer mil preguntas. 

Mi mente se agitó, duda, pavor, confusión, todo a la vez.
Pero antes de que pudiera decir nada… ella lo notó.
Por supuesto que lo notó.
Podía oír todo lo que estaba pensando.
Y respondió antes incluso de que abriese la boca:

— No te preocupes. No me importa — dijo, con un leve matiz de alegría en la voz.

Tragué saliva y aclaré la garganta.
— ¿Qué quieres decir con eso? — intenté confirmar.

— Esta ciudad. Esta vida. No me importa — respondió con calma — Mis padres están aquí. Mi familia está aquí. Me quieren, y lo sé con certeza. Eso es lo único que no es mentira. Hacen todo esto por mi seguridad… así que no me importa.

Lo dijo con tanta naturalidad que, por un instante, simplemente lo acepté. Con eso aclarado, pasamos el resto del tiempo conversando como personas normales, algo que probablemente no hacía desde hacía mucho. Poco antes de que los “padres” volvieran a la sala, me pidió que guardara en secreto todo lo que me había contado.

 

Acepté, al fin y al cabo, ella sabría de inmediato si mentía.

Desde entonces, pasé a ser el primer voluntario recurrente del “deber de recreación”. La historia oficial era que había retomado el contacto con mi madre y vivía bajo custodia compartida entre ambos padres. La actriz que interpretaba a mi madre se había convertido en una amiga cercana de los padres de Emily, lo que nos daba una excusa legítima para vernos cada vez que yo “visitaba la ciudad”.

Con el tiempo, Emily y yo desarrollamos un lazo fuerte, algo que, en última instancia, resultaba útil para la prisión. El “deber de recreación” me brinda un respiro necesario de la locura de las demás tareas dentro del complejo.
Aun así, el trabajo sigue siendo pesado.

Últimamente, he sido asignado al deber de alimentación.
El prisionero es el Hombre del Pasillo.
Su celda es sencilla, sin refuerzos visibles ni modificaciones especiales, al menos, nada que podamos ver. A pesar de sus… peculiaridades, nunca abandona la celda.
Pero, a veces, resulta difícil estar completamente seguro de eso.

Nadie en mi equipo lo ha visto nunca en su totalidad. Cada vez que lo visitamos, aparece un nuevo agujero en algún lugar: en el suelo, en la pared, incluso en el techo. La posición es siempre aleatoria, sin ningún tipo de patrón, sin importar lo que haya al otro lado.

Junto a su celda hay otra habitación, desocupada.
O, al menos, se supone que debería estarlo.

Encima de él hay otros niveles del complejo, pero las salas contiguas nunca son perturbadas. Los agujeros que aparecen parecen casi caricaturescos, con escombros amontonados o bordes rasgados de forma exagerada. Pero lo más extraño es que el interior de esos agujeros es demasiado oscuro, como si la luz no pudiera penetrar en ellos.

Cuando habla, su voz surge desde una profundidad imposible. Son más parecidos a grietas dimensionales que a simples perforaciones. Y cada vez que aparece un nuevo agujero, el anterior desaparece por completo, sin dejar ni una marca, ni el más mínimo rastro de daño.

Sabemos que sigue allí porque responde cuando llevamos la comida.
Aun así, las instrucciones son claras: dejar la bandeja en el suelo y salir.

Se han realizado estudios para intentar entender qué son, en realidad, esos agujeros.
Se han introducido objetos, cámaras e incluso personas… pero nada que haya entrado ha regresado. Si se utiliza algún cable de seguridad, este se corta de forma inmediata al atravesar el agujero, y todo contacto se pierde al instante.

Por ahora, el trabajo se limita al mantenimiento y la observación.

Hubo una ocasión en la que pensamos que había escapado. Una inspección de rutina fue enviada junto con el equipo de alimentación, pero no se encontró ningún agujero. El incidente fue reportado, y se solicitó un equipo de apoyo.

Antes de que llegaran, el guardia escuchó una risa suave detrás de él. Al girarse, vio la cerradura de la puerta, con los bordes desgarrados hacia afuera, como si algo se hubiese extendido desde allí. Las risitas provenían del interior de aquel pequeño vacío.

Nadie sabe con certeza cómo lo hacen, pero el equipo externo tiene una habilidad impresionante para contener a estos prisioneros. Algunos dicen que son como una especie de “tropa divina” de élite. Otros creen que poseen tanta tecnología que podrían derribar civilizaciones enteras si lo desearan. 

Sea como sea, siempre logran mantener a los prisioneros bajo control.

Sin embargo, hay un prisionero que escapa a toda regla.
Su nombre es Frank.
Porque, a diferencia de los demás, él no fue capturado… se entregó voluntariamente.

Aún no sabemos de dónde proviene en realidad. Cuando le preguntamos, da una respuesta distinta cada vez, siempre con un tono de sarcasmo. Pero existen teorías.

Algunas son simples, afirman que es de origen extraterrestre. Otras sugieren que es algún tipo de aberración genética, bendecida con habilidades divinas por puro azar biológico. Aunque la teoría más fascinante es la que dice que proviene de una dimensión superior, quizás la cuarta o la quinta.

Sea como sea, lo que Frank puede hacer resulta incomprensible. Teletransporte, vuelo, combustión espontánea… Todo lo que puedas imaginar, probablemente él pueda hacerlo.

Por eso se dice que está “confinado” en una celda, pero en realidad nada puede contenerlo.
Créeme, lo hemos intentado todo. Frank simplemente deambula por el complejo, buscando algo con qué entretenerse.

Una vez, un guardia se comió la última dona… sin saber que Frank la quería.
Si él se lo hubiera pedido, el guardia probablemente se la habría dado sin dudar.
Pero Frank no quiso hablar del asunto, pasó directamente a la represalia.

Transformó la cabeza del guardia en una rosa.

Así descubrimos que tener una rosa en lugar de cabeza es fatal, al menos, según lo que vimos, ya que solo ocurrió una vez. Cuando el cuerpo fue analizado, lo que encontraron era grotesco: las raíces de la rosa se habían fusionado completamente con las venas y arterias del cuello, extendiéndose por todo el cuerpo.

La gran pregunta era: 

¿Por qué Frank se entregó?
 

Para entenderlo, es necesario conocer el contexto.

Este complejo es un secreto absoluto, oculto bajo capas y capas de confidencialidad.
Hay más niveles de clasificación aquí que en cualquier operación conocida en el mundo.
Personas han sido eliminadas solo para asegurar que este lugar jamás sea descubierto, rastreado o siquiera mencionado.

Harían falta generaciones enteras siguiendo rastros, investigando pistas falsas y recorriendo callejones sin salida para, tal vez, encontrarlo. Así que, cuando Frank simplemente apareció caminando hasta la puerta principal, fue un acontecimiento monumental.

Y la razón que dio… es la única que realmente creo:
“Estaba aburrido.”

Y pensándolo bien… ¿qué podría ser más divertido que jugar en el lugar más secreto y prohibido de la Tierra?
Para él, todo el complejo era un parque de diversiones, y nosotros, sus nuevos juguetes.

Al principio fue un problema. Sus travesuras solían acabar en muertes. Cuando sentía curiosidad por algún prisionero, lo liberaba solo para ver qué podía hacer. Durante procedimientos importantes, aparecía a propósito, únicamente para irritar al personal. Una vez invirtió la gravedad de toda la instalación… solo para ver qué pasaba.

Dios sabe quién tuvo la idea de la solución, pero quien haya sido merece todo lo bueno que le ocurra en la vida. Lo único que logró hacer que Frank se comportara fue contratarlo como “guardia”.

No es un guardia real, al menos no dentro de la jerarquía oficial.
Le dieron un título especial, un uniforme y una lista de deberes.
Pero esas tareas son solo una fachada, como cambiar el líquido de frenos de un coche que no existe.

Lo importante es que, cada vez que termina una de sus “funciones”, recibe elogios exagerados.
Descubrimos que inflar su ego y hacerlo sentir importante lo mantiene demasiado ocupado como para causar caos.

Siempre es premiado como el “Empleado del Mes”, aunque ese reconocimiento ni siquiera existe aquí.
Le asignaron una oficina con una placa elegante en la puerta, y estoy casi seguro de que no hace nada allí.

Al final de cada mes, recibe un cheque enorme, con un bono adicional por “buen desempeño”, algo que ocurre siempre.
En realidad, nadie aquí recibe pago alguno.
Los cheques son solo papel impreso con membrete falso y números inventados.

Pero a él le encanta.
Finge gratitud, habla de “mantener a su familia”, aunque no tiene ninguna aquí.
Estoy seguro de que, con un solo pensamiento, podría convertir todo el complejo en oro.
Pero el dinero no es lo que importa: la ilusión es lo que funciona.
Así que lo dejamos ser feliz.

Eso ya nos ha resultado útil en más de una ocasión. Hay guardias por los que Frank siente cierto aprecio. Durante un tiempo, eligió a algunos al azar para convertirlos en los “coprotagonistas” de su propio espectáculo, algo parecido a una comedia televisiva.
La amistad era completamente unilateral, pero al menos lo mantenía entretenido.

Hubo un incidente: uno de esos “coprotagonistas” perdió el control de sus amarras mientras contenía a un prisionero, y por poco provoca un desastre.
En circunstancias normales, eso habría significado una sentencia de muerte.
Pero Frank apareció y resolvió la situación en cuestión de segundos.

Por ahora, no representa un problema.
Sin embargo, temo que algún día se canse de su papel y vuelva a causar caos… o algo mucho peor.

Muchos prisioneros me asustan, decir que me asustan es quedarse corto.
Cada día, nuestras vidas corren peligro incluso durante las tareas más simples.
Pero hay un prisionero en particular que realmente me inquieta.

Cuando un prisionero muere aquí, lo único que se pierde es potencial de descubrimiento.
Son mantenidos con vida tanto para proteger al mundo como para el avance de la ciencia.
Pero existe un prisionero que, si llegara a ser incapacitado, o peor aún, asesinado, podría significar el fin del mundo tal como lo conocemos.

El Primer Prisionero.

No he sido completamente honesto antes, omití algo a propósito.
Llamé a todo esto una “instalación”, pero, en realidad, el edificio en sí es una anomalía.
Es lo que hace posible todo este proyecto.
Un edificio casi consciente, que funciona por sí mismo.

Al principio era una estructura pequeña, pero sus propiedades sobrenaturales fueron descubiertas cuando se intentó expandir.
Cada habitación, de algún modo, se conecta conscientemente con las demás.
Si queremos que una habitación sea una celda, debemos construirla con esa intención, aunque usemos materiales simples, el edificio los transforma, ampliando su función hasta ajustarla al propósito que se le ha asignado.

Es difícil de comprender, yo mismo no lo entiendo del todo.
Solo repito lo que he logrado reunir de las explicaciones técnicas que nos dieron.
Pero, en resumen, esto es lo que entiendo:

El “corazón” del edificio, si es que puede llamarse así, alimenta toda la instalación.
Genera la energía necesaria para todas las celdas y para los innumerables experimentos que ocurren dentro.

Todo esto se mantuvo en absoluto secreto.
Ninguno de nosotros lo sabía hasta que empezaron a surgir los problemas: el concreto comenzó a desgastarse en las zonas más alejadas, las puertas de las celdas ya no cierran tan bien como antes.
Por suerte, los prisioneros aún no lo han notado, pero con la fuerza suficiente podrían escapar.

Hemos tomado medidas para controlar la situación, pero dependemos de personas… y eso siempre implica errores.

Observando la degradación, noté que ocurre en los niveles más bajos o en las áreas más apartadas de cada piso.
Mi teoría es que el edificio está sobrecargado.
Más allá de lo que puede soportar.
Seguimos añadiendo niveles, salas, funciones… y esta estructura anómala está empezando a colapsar.

Pero no podemos detenernos.
Cada día llegan nuevos prisioneros traídos por el equipo externo, amenazas que no pueden permanecer libres en el mundo.
Deben ser contenidas, y este es el único lugar capaz de hacerlo.

La prisión comenzó siendo la primera anomalía, el primer prisionero.
Pero cuando su “sentencia” llegue a su fin… podría significar un peligro inconcebible.

Porque, cuando el edificio finalmente muera, todo lo que mantiene encerrado será liberado.

 

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